Paisanas y paisanos; forasteras y forasteros; extraterrestres en general. Estamos sobre un suelo con más de dos mil años de antigüedad por el que han vivido los Íberos,- los famosos saldubienses de las cantas populares- arrumbados por los romanos que, cansados de las guerras del norte, se asentaron aquí y nos fundaron. Nos llamaron la Cesaraugusta, ¡casi ná!
Y con ellos tuvimos Cardo y Decumena, Foro, Teatro y Puerto Fluvial, Murallas y Coso. Estábamos dispuestos a ser una de las ciudades más hermosas de la urbe romana; pero entre árabes, cristianos, franceses y constructores recientes nos fueron dejando en la más viva pelota. Unos nos dejaron la Aljafería, y la denominación de Albaida, la ciudad blanca, menos mal; los franceses, si nos descuidamos, en lugar de haber sido Waterloo la tumba de Napoleón, hubiera sido Zaragoza.
Por si quedaba algo de la gran urbe romana, los constructores acabaron tan radicalmente con todos los restos históricos que ni la mayoría de los Palacios renacentistas soportaron la piqueta de la especulación. La vieja e histórica ciudad sucumbió bajo tanto derribo. Donde había un agujero, una casa.
Y así, hasta que se pinchó la burbuja: ¡Pum!
Pero nos queda el humor, el sentido del humor:
El humor surrealista de ser puros monegrinos y hacer de la huerta nuestra mejor señal de identidad. Los tomaticos zaragozanos, los alberges de la ribera, las ciruelas y las lechugas y las borrajas. Todo a punto para ser felices. Bajamos a la ribera del Ebro pensando que es el Sena y, nostálgicos centroeuropeos, miramos la Huerva y el Gállego con la nostalgia de los canales que atraviesan aquellos países del norte.
Cuando volvemos a la realidad nos decimos: a Zaragoza o al Charco porque menudas narices tiene tu padre como para que le quiten la boina. Y lo habían dejado en pelota viva los asaltadores escondidos en la ahora civilizada zona de Pinseque.
Y así, entre derribos y solares, ailantos y alegría, imaginación y buen rollo, somos capaces de criticarnos a tope mientras soportamos este maravilloso clima que nos derrumba al sol, nos arrastra al cierzo y nos hace que una jota bien cantada, en la suavidad de una noche serena nos ponga los pelos de punta y la nostalgia nos llene de ternura por esta ciudad romana, arábiga, judeo-cristiana, que podía haber sido Roma pero que es Zaragoza.
Somos igual que nuestra tierra
Suaves como la arcilla
Duros del roquedal
Hemos atravesado el tempo
Dejando en los secanos
Nuestra lucha total
Vamos a hacer con el futuro
Un canto a la esperanza
y poder encontrar
tiempos cubiertos con las manos
los rostros y los labios
que sueñan libertad
Somos como cómo esos viejos árboles.